
Por qué los salmones nadan contracorriente
26 jul 2023
En la escuela nos enseñan la entropía, o más precisamente la segunda ley de la termodinámica, que dice que la entropía o el desorden total de cualquier sistema siempre aumenta con el tiempo. Dicho de otra forma: la energía siempre fluye hacia abajo.
Esa ley aplica a todo, sin importar qué tan grande o qué tan pequeño sea. Tu vida se va a acabar; todos tus proyectos cuidadosamente planeados se van a desmoronar. Construye un castillo de arena con todo el detalle, vuelve unos días después y solo va a quedar un montón de arena. Nunca va a volver a ser tan complejo como el día que lo hiciste. El sol se va a apagar, y también todas las demás estrellas del universo, dejando una vasta nada negra y vacía.
Lo sabemos. De muchas formas, aunque no siempre se diga en voz alta, es la ideología que define nuestro tiempo. Los cínicos, los ateos y los nihilistas son los más conscientes de ello y les gusta señalarlo en cuanto pueden: nada tiene sentido, vivimos en un universo frío e indiferente y todo se va a acabar, así que déjate llevar y no te tomes las cosas tan en serio. Me sé bien esa frase, porque muchas veces fui yo quien la decía.
Pero no solo los existencialistas viven influidos por esa sensación. La gente religiosa, en un abanico amplio de creencias, se consuela con la idea de una vida después de la muerte, o con la de alcanzar la iluminación en esta vida y entrar así al reino de lo sin muerte. El capitalismo —en mi opinión la religión dominante de nuestro tiempo— también está moldeado por esa conciencia de que la vida es pasajera.
Esta interpretación de la realidad parece decir: este mundo es un lugar aterrador, estamos perdidos en altamar y es cada quien por su cuenta; lo único que puede salvarte es acumular todo lo que puedas. Eso te mantendrá a salvo, te comprará una vida larga y le asegurará el futuro a tus hijos. Y sin embargo, por más que compremos, por más dinero que hagamos, por más alto que levantemos los muros y por más que ahorremos, nunca parece dejarnos ni seguros ni satisfechos.
Creo que la razón está, como siempre, en la historia que nos contamos. La historia de la entropía y la segunda ley de la termodinámica es solo la mitad de la historia. El famoso físico Schrödinger dijo que la vida es entropía negativa: estar vivo es desafiar el flujo descendente de la energía. Imagina el universo naciendo, como nos cuentan, de una singularidad.
A mí me gusta imaginar una singularidad como una semilla: una bolita que contiene toda la energía y toda la información necesarias para crear un universo. De dónde salió esa semilla es otra pregunta, pero en un instante revienta. La segunda ley dice que toda esa energía debería salir disparada, de su estado altamente ordenado como singularidad al desorden completo, al espacio negro infinito.
Pero, según cuenta la historia, eso no pasó. Algo hizo que la energía bailara con la energía, como las pequeñas corrientes térmicas en un río empujan el agua de vuelta cuesta arriba. La energía de esa singularidad se quedó rondando, se frenó lo suficiente para formar diminutos pedazos de materia. La materia bailó con la materia y con el tiempo tuvimos estrellas. Se formaron colecciones gigantes de los átomos más simples, cocinaron átomos más complejos y explotaron. Nosotros venimos de esas estrellas que explotaron.
Esas ollas de presión gigantescas, convirtiendo átomos simples en los átomos complejos que forman este mundo, desafiando la segunda ley con todas sus fuerzas. Eso es sintropía, no entropía: la materia se vuelve más compleja, no menos. Con solo existir y luego morir, las estrellas crean átomos, sistemas solares y formas de vida mucho mayores que la suma de sus partes. Y no son solo las estrellas las que hacen esto. Todo lo que vive quiere jugar este juego.
Las plantas usan la fotosíntesis para atrapar la energía del sol y convertirla en azúcares complejos. La luz del sol, fluyendo cuesta abajo, es atrapada, reciclada y convertida en formas más complejas. Y así, si miramos de cerca, todo lo que vemos está, a su manera, desafiando la segunda ley. Lo cual implica, por extensión, que todo lo que vemos está vivo; una idea que por sí sola tiene implicaciones profundas en cómo vemos el mundo y cómo interactuamos con él.
¿Una piedra es un pedazo de material inanimado, o es un arreglo extraordinariamente complejo de minerales que, al darle casa a los líquenes y los musgos y ser descompuesta por ellos, se recicla en suelo, donde se convierte en la principal fuente de alimento de las plantas? Es la danza de la vida: mientras la energía fluye cuesta abajo, baila e interactúa con otras formas de energía y crea vida nueva, vida más compleja. La descomposición y la creación son la misma cosa.
Y así llegamos al salmón. Toda la energía que fluyó cuesta abajo —agua de lluvia cargada de nutrientes del suelo del bosque y de dinosaurios muertos— se asienta en el fondo del océano, para no ser recuperada jamás. Hasta que, por alguna razón, los salmones en época de desove, cuya existencia misma depende de esos nutrientes, se ven empujados a emprender una misión suicida colectiva: nadar desde el mar de vuelta contracorriente, para poner sus huevos en el lecho del río antes de morir. Cualquiera que haya presenciado algo así habrá quedado impactado por la escala descomunal de la muerte.
Los cuerpos de los salmones llegan a las orillas, el aire se llena del olor a carne podrida. Osos, aves y otras criaturas salen a darse el banquete, pero siempre sobra. Parece un desperdicio, a menos que mires con suficiente atención. Los cuerpos de los salmones son la acumulación de millones de años de energía fluyendo en una sola dirección. Su viaje involuntario cuesta arriba es apenas otro ejemplo de la danza de la vida. Sus cuerpos muertos se descomponen y se vuelven alimento para un sinfín de formas de vida; el viaje del salmón abre el camino para que existan formas de vida nuevas y más complejas. Sin duda le debemos parte de nuestra existencia al viaje del salmón.
¿Y qué significa esto para nosotros, y por qué estoy hablando de ello? Creo que el viaje del salmón nos puede mostrar algo profundamente hondo sobre el sentido de la existencia. Ser consumidor se siente vacío porque es vacío. Todo lo que vive quiere desafiar la segunda ley creando posibilidades nuevas. Nosotros también estamos vivos, así que a quienes dicen que está en la naturaleza humana ser codiciosos y destructivos, yo les digo que es la negación de nuestra verdadera naturaleza lo que está causando los horrores que vemos alrededor. Está en tu naturaleza crear, no consumir. Tu vida sí tiene un sentido, un propósito.
Si el salmón puede recuperar toda esa energía y al hacerlo crear toda esa vida, imagina lo que puedes hacer tú con tu mente consciente, tus pulgares oponibles y tu capacidad de cooperar con otros. Si te sientes ansioso o deprimido en tu vida cómoda, no vayas al médico. Se supone que te sientas así. Es la sensación que da vivir una existencia estéril e infértil. Igual que el salmón, estás anhelando nadar de vuelta contracorriente, tomar tu única y preciosa vida y crear algo nuevo y hermoso. Cuenta una historia, escribe una obra, construye suelo, ayuda a otro ser humano.
Intuitivamente todos sabemos la diferencia entre las actividades fértiles y las estériles. Racionalmente no hay ninguna razón para que el salmón nade cuesta arriba, igual que no hay ninguna razón para que yo siembre un árbol cuyo fruto quizá nunca vea. Pero mi alma canta cuando lo hago. ¿Qué nos puede enseñar el salmón sobre la vida? Todo.
Tu vida tiene un propósito, toda vida lo tiene. Encuentra el tuyo; lo vas a reconocer escuchando al corazón, no a la cabeza. Lo vas a reconocer porque en cuanto empieces a bailar en armonía con el resto del universo vas a sentir que fluyes en vez de forcejear. Ve hacia la vida y el universo te va a ayudar; ve en la otra dirección y las cosas siempre van a costar.
Baila hacia lo desconocido y, como el salmón, no te preocupes por ver los resultados de tu esfuerzo. No tenemos idea de lo que viene. Es hora de soltar nuestra necesidad de saber y de controlar; la consciencia da miedo, pero es hora de soltar ese miedo y volvernos participantes y co-creadores activos en la danza de la vida.
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